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Esta historia que en este momento les cuento ni es invención mía ni tampoco la he vivido en persona. Como la oí a su personaje principal una madrugada del Viernes Beato ahora lejano, yo se la voy a hacer llegar. Llegado ese instante de mi vida, poco ganaría agregando datos a unos hechos que, por sí solos, son ya expepcionales. Tan solo dado que se le escuchase nada menos que a un Caballero Veinticuatro de la Localidad provoca que tenga un crédito considerablemente mayor del que le daría si le hubiese oído a un tabernero de los que sobran aquí . Y no por montañero o francés, claro; no crean sus mercedes que se es mucho más mentiroso para venir de lejos: se peca contra el Octavo Mandamiento cuanto más se charla, sea uno de Toledo o de Sicilia. Por otro lado, don Fernando Núñez de Medina, Caballero Veinticuatro, Conde de Torcina, no era hombre ni de muchas expresiones ni de inventar historias. Eran los Medina robusta estirpe de lo destacado de la cristiandad. Y de este modo lo legitima que venerables caballeros con ese noble apellido llegaran acompañando al Beato Rey Fernando en el momento en que se recobró la Localidad en la morisma. Y más allá de que estuvieron entre los mucho más valientes, no fue esto tenido presente por el Rey, mal aconsejado por ciertos que, a buen seguro, ocultaron a sus gaznats en el momento en que los alfanges medraban. Fue Su Majestad menos desprendido con los Medina de lo que habrían justo. Les fueron concedidas viñedos próximos al Tagarete, dehesas cerca de Monesterio, huertas en Sanlúcar y Albaida, y un molino de aceite en la puerta de la Macarena, y ciertas otras tierras. Se edificaron casa en la calle Santiago, que todavía preservan. Y han quedado de esta manera los Medina establecidos a lo largo de generaciones entre lo destacado de la Localidad, si bien jamás llegaran al renombre de viejas familias como los Guzmán, los Osorio o los Ponce de León. A lo largo de años, las tierras y otras características fueron mermando de a poco. Como un goteo se iba malviniendo la hacienda. En la política jamás fueron taimados, y nada consiguieron de reyes ni válidos mucho más que el olvido. Y de esta forma, adjuntado con la situación de Caballero Veinticuatro, lo heredó todo don Fernando a la desaparición de su padre, don Francisco Núñez de Medina: viejo y venido a menos. Era don Fernando buen amigo de mi abuelo, don Álvaro Henríquez y Santolalla, vendedor de cuadros de la mejor calidad y último hijo de una familia de mercaderes de lonas que llevaban su género de Italia e inclusive del turco y aun del Lejano Oriente. Tomó mi abuelo ciertas riquezas del comercio con las Indias, donde hubo mucha carencia de vestiduras. Gozó de enorme esplendor esta industria en años pasados, que en este momento no todo es como antes y si bien no deseo decir que tengamos necesidad, sí es verdad qué tiempo ha que mermaron nuestro dinero, y de esta manera lo rezan los libros de cuentas , por rotura de la familia. Mi abuelo y don Fernando hicieron amistad a lo largo de la visita de Su Majestad el Rey Felipe el Cuarto en la Localidad, en el mes de marzo del año de 1624. Hubo enorme pompa en todas y cada una de las calles y plazas: gallardetes y colgantes en los balcones bajo los que pasaría, o suponían sus tontos vecinos que lo haría, Su Majestad. Carreras y llamadas proseguían a la voz de “¡por allí, por allí!”, y todo el planeta aseguraba haberlo visto en la taberna mucho más sucia, vestido como un jarrón alguno para entender de las pretensiones de sus súbditos. Y sucede que en la Muy Noble Localidad se vive tanto del teatro períodico que sus pobladores llegamos a creernos nuestro papel en la magna obra de la vida, especialmente si derrama vanidad, si bien para cenar haya tocino rancio. A lo largo de las recepciones en que Su Majestad agasajaba a toda la alta sociedad, el Cabildo de Justicia y Regimiento de la Localidad, el Cabildo de la Santa Iglesia Catedral y la Audiencia, todas y cada una de las familias nobles de viejo y asimismo las nuevamente, que todo se compra y se vende en este planeta, peleaban por hacerse ver enfrente del señor Felipe. En uno de esos fastos, el padre de don Fernando debió intervenir en la febril discusión que se tuvieron el destacable Ortiz de Melgarejo, y el Conde Duque, Valido de Su Majestad. No era el de Sanlúcar hombre amado por estas tierras, y el Veinticuatro Melgarejo, y otros del Cabildo de la Localidad, igualmente molestos pero mucho más reservados, tenían la intención de eludir una exclusiva «donación» de las vacías arcas municipales que apoyaran con buenos maravedíes las campañas contra los herejes protestantes. Enterado el Conde Duque, que espías tenía de más, le soltó que quizás se encontraba mucho más entusiasmado en vender y obtener con los holandeses que en ser buen católico y buen español. Era cierto que nobles de la Localidad llevaban alquitrán y otras mercancías de las provincias rebeldes, con la callada aquiescencia del Almojarifazgo. Pero no eran los Melgarejo quienes estaban en estos negocios. Don Francisco Núñez de Medina intervino respondiéndole al Conde Duque que no había absolutamente nadie en la Localidad que no estuviese preparado, no ahora a ofrecer su fortuna para el triunfo de la Fe Verídica, sino más bien a marchar por donde Su Majestad diera orden entregando a Europa y al Planeta entero de aquella peste. Y todo quedó en angostas mandíbulas. Y se las habrían tenido antorchas Melgarejo y el resto capitulares que no deseaban dejar caer un real, que, si bien en estas alturas no se echaba mano al cinto con sencillez, sí se atravesaban senos con las dagas de los ojos o con unos cuantos espolones adquiridos. Y si no, ya que se le daba algo de trabajo a los del Beato Trabajo y aquí paz y después gloria. Ya que no es en balde lo que dicen de la Localidad: que cada abrazo aquí transporta una puñalada. En el final esos polvos trajeron estos lodos: la Localidad se arruinó, las guerras se perdieron, absolutamente nadie vino a agradecer y de esta forma nos encontramos el día de hoy, que de Babilonia de Occidente, Puerta de las Indias y otras sarondas nos hemos quedado en este triste teatro el que adornado cae a trozos. Mi abuelo y el señor Fernando Núñez de Medina, los dos a la veintena, se conocieron esa noche en el Alcázar. Apoyados en las murallas y ocultos de la luz de las luces y antorchas, y de los ojos de los espías del Valido, apagaron con vino la tristeza por una ruina que veían encima. Cultivaron enorme amistad a lo largo de sus vidas, pese a las muchas contrariedades por las que debieron pasar, aun años de separación gracias a los negocios de mi familia, que, no obstante, no enfriaron la luz que esa noche se encendiese. En el momento en que la vejez comenzó a visitarlos agradaban reunirse a comentar cuánto había cambiado todo en los últimos tiempos: “Don Álvaro, que no es la Localidad lo que era. Por el momento no nos queda ningún teatro. Al Tirso González este que Dios lo guarde varios años, pero que lo guarde lejos de la Localidad”, afirmaba siempre y en todo momento el señor Fernando, como especial homenaje al misionero que logró que cerraran el último teatro que quedaba, el del Coliseo, que era muy frecuentado por el viejo caballero y mi abuelo. En más de una ocasión les acompañé a sus largos paseos desde la calle Alcázares hasta el muelle, en tanto que en ocasiones se decidían a comentar la obra teatral en un viejo lupanar del Postigo del Aceite, el de María la del Puerto, y que a lo largo de años creí taberna aceptable engañado por mi abuelo. Hasta hoy le guardo el misterio. La excepcional historia que procuraré contarles llegó a mis orejas un el día de hoy lejano Viernes Santurrón. Mi abuelo me había llevado a conocer las procesiones de penitentes y disciplinantes que tanta popularidad dieron a la Localidad, y que son, según comentan los que son muy viajados, de las de sobra lustre y riqueza no solo de todo el Imperio , sino más bien asimismo de todo el Orbe. Y lo mismo dicen quienes solamente fueron alén de San Laureano, con lo que por fuerza ha de ser cierto. Y por esa razón allí donde uno va, diciendo que viene de la Localidad, siempre y en todo momento le preguntan por tal o cofradía. De esta manera son conocidas. Y no solo por la contrición de sus cofrades o el piadoso de sus imágenes y sus enseñas, sino más bien asimismo, y considerablemente más ocasiones de las que hubiese amado el Cardenal pertinente, por los varios tumultos y discusiones que provocaban entre ellas y contra Sa Excel encia. Que no es en balde con lo que aquí diríase que “ni fía, ni porfía, ni cuestión con cofradías”. Y a fin de que no crean que exagero, ha de saber las suyas debido a que la primera novedad que se tiene de ciertas de estas fraternidades es un litigio; y que no entendemos si nacieron para socorrer de la pobreza y la vagancia a los integrantes de la Audiencia. Aquel Viernes Santurrón mi abuelo y yo nos habíamos mencionado ahora avanzada la noche con don Fernando en la puerta de una taberna próxima al Convento Casa Grande de San Francisco, muy conocida por don Fernando puesto que caía muy cerca de las Viviendas Consistoriales, ya que era, como ahora se dijo, Caballero Veinticuatro. La taberna, como todas y cada una de las de la Localidad, se encontraba clausurada por ser días de supervisión piadosa particular. Era la primera oportunidad que yo salía a la calle en la noche del Viernes Santurrón, y todo me resultaba muy asombroso. Había considerablemente más gente de la que podía imaginar, y, más que nada, en actitud menos contrita de la que aguardaba en datas tan destacadas. Los peligrosos hacían su negocio escamoteando bolsas de las gaviotas de los caballeros, los amantes prohibidos se dirigían miradas segregas y los hombres se retaban en todo instante. Tal es así que no solo los zorrillos, sino más bien asimismo los curas y los alguaciles tenían bastante trabajo confesando unos y arrestando a otros. Yo me hallaba sumido en un extraño estado en el que el cansancio y el sueño provocaban en mí una alguna excitación. Por medio de mis dormidos ojos percibía, en el momento en que mis párpados no lo impedían, una Localidad piadosa pero arrebatada, angustiada pero exultante, una Localidad que, poseída por los sentimientos, ardía en pasiones. Capas, plumas, sedas y terciopelo se veían por todos lados. Una marea humana aguardaba deseosa las procesiones. Y, no obstante, aguardaban en balde. Llovía desde la medianoche. Primero muy enclenque, y tras forma mucho más intensa. Tan intensa que aún recuerdo de qué forma estuve empapado prácticamente toda la noche, pantalones incluidos. Tal era el aguacero que, jamás explicado de otra forma, aguó las fiestas. Tras caminar un rato nos refugiamos en un corral de la calle Vells. Una señora que se asomó al patio preguntó qué había, y las buenas expresiones de los caballeros la persuadieron de que eran gente de paz y mojada. El caldo de gallina, recocido el pollo, o lo que fuera, múltiples ocasiones, era lo poco que la buena señora nos ha podido sugerir, aparte de un licor claro y, según pude ver por un trago que me dio el mi abuelo, de un gusto muy, muy fuerte y rasposo. Aquello me parecía imbebible. Pero no a ellos. Ni a la señora, de los pueblos de la sierra según contó y, según me pareció, acostumbrada a pasar los fríos de aquellas altas tierras atizándose semejantes latigazos. Pasaba la madrugada, y se despejaba la calle. La multitud se iba retirando: llegaba el amanecer y no habría procesiones. Sentimos contar a 2 hombres que volvían que la de la Sentencia debió volverse con media parta de los cofrades en la calle. Las del Traspaso, la Santa Cruz y la de las Tres Pretensiones no salieron. Para apagar la decepción, don Fernando y mi abuelo eligieron tirarse encima un último trago en la taberna del tuerto, cerca de la Cruz Verde. La vivienda del Tuerto, al lado de la taberna, humilde, de yeso y tapia, escondía en la obscuridad sus muchas deficiencias. Una pequeña ventanilla con una portezuela de madera se abrió en contestación a las llamadas de mi abuelo. La cara somnolienta del Tuerto se asomó. Los taberneros tienden a ser profesores en divertir a los habituales con cuentos y también historias que invitan a realizar otra jarra de buen vino del Aljarafe en la garganta, si bien la mirada del único ojo de este presagiara un gruñido y un golpe de transporta en vez de un relato de intrigas y acantiladas. –No nos afirmes que nos darás con la puerta en la cara –le saludó el señor Fernando. –Don Fernando y don Álvaro por ahí –le emocionaba mucho más la iniciativa de ganar unas monedas a proseguir en cama–. Ahora saben sus mercedes que mi humilde taberna está clausurada. Que es Viernes Beato y no es tiempo de tomar sino más bien de rezar. –El Tuerto, como tienen la posibilidad de imaginarse, no era, lo que dicen, hombre de Fe, sino más bien de dinero, y no deseaba arriesgarse a abrir el negocio un Viernes Santurrón si no era por ciertas monedas. –Venga Tuerto. ¿Quizá el tiempo te volvió un santo? Entenderemos ser espléndidos –don Fernando sabía del punto enclenque del tabernero. La puertecita se cerró y, pasados unos momentos en los que intercambiaron sonrisas los 2 viejos caballeros, el Borni salió de su casa y abrió la puerta anexa, dándoles paso a la taberna. –Y si alguien me pregunta, sepan sus merced que les afirmaré que me forzaron. Que no estoy yo por retos a la Santa Madre Iglesia. –No te coloques serio, Borni. Una y nos marchamos, que está amaneciendo. Y trae una almohada para mi nieto, que se duerme –ha dicho mi abuelo, que se dirigía hacia un estante que se encontraba tras el tablero para coger una botella, que parecía ser la favorita de clientes del servicio tan señalados . Lo habían sacado de varios líos con los algutiles, con lo que no podía negarse. –Don Fernando, que me traigan los diablos si engaño, que mientras que sus mercedes comentan que es un trago solamente, yo sé que el día de hoy duermo en ese sillón de madera. Y mi mujer sabe que el día de hoy no han salido las cofradías, conque díganme caballeros tan consagrados, que son personas leídas, qué le digo yo mañana. ¡Que en este momento le dió por decir que una morocha de Cádiz que trabaja en un telar que está aquí al costado pasa bastante por enfrente de la taberna! Riente de la resignación del pobre Borni comenzaron a ofrecerle tendidos a aquella botella obscura y sucia. Yo me acomodé en entre los bancos de madera, con la almohada entre mi cabeza y la pared de la taberna, protegiéndome del frío de fuera con una cubierta, no recuerdo si de mi abuelo o del señor Ferran. Adormilándome pude sentir de qué forma brindaban por la madre de Tuerto, ramera con tanta afición por el vino como por el dinero extraño. Y brindaron asimismo por nuestro Tuerto, que pasaba licores en la Localidad, y con lo que ahora fue llevado en algún momento frente a la Audiencia. Como era causa poco esencial, múltiples maravedíes de mi abuelo y su viejo amigo sirvieron a fin de que la justicia mirase hacia otro lado. Favor a favor se paga, acostumbraban a mencionarle al desgraciado tabernero. Esa noche, como cada noche, comenzaron lamentando la caída de la región. Ni hembras como las de antes quedan, don Fernando. Aquello se perdió, don Álvaro, por el hecho de que por el momento no contamos teatro. Venga un brindis por el Padre Tirso. Otro por la madre del Tuerto. Y, de este modo, prosiguieron las escudillas llenándose y vaciándose a la luz de una lámpara de aceite en el transcurso de un largo rato. Ya que, si bien el Veinticuatro no era muy dado a festejos ni a dejarse el dinero en una taberna, sabía ver la charla con un amigo regada con vino. Yo me había quedado apoyado en la sucia almohada que me había dado el Tuerto, que rondinaba adormilado, tumbado en otro banco, sumido en la obscuridad de un rincón. Prosiguieron comentando de Carlos el Segundo, de Mariana de Austria, de Nithard y de Fernando Valenzuela. Debo decir, en este momento que se puede, que Su Majestad no salía realmente bien parado de aquella charla, y si bien logre objetarse en descargo de mi abuelo y del señor Ferran que algo sí habían bebido, no es menos cierto que me parecía a mí que, en ocasiones, en vez de Su Majestad de quien charlaban era de Vicentillo, un desgraciado faltusco que faraganeaba tiempo ha por la puerta de Carmona, bañándose en los Caños, y de donde le sacaban a golpes de bastó los alguaciles. De este modo transcurría la noche, alternando risas, brindis, murmullos y mucho más carcajadas. El Borni, conocedor de de qué manera las gastaban, y observando de qué manera mermaba el contenido de la botella que había encima de la mesa se levantó y sacó otra, tratando eludir que le despertaran cuando menos en el transcurso de un largo tiempo. –Aquí tienen los señores. Están sus mercedas servidas, y si no, siéntase como en el hogar, libres de tomar todo cuanto desee, que yo me vuelvo a mi cama. –Suerte tienes, Tuerto, si has encontrado 2 viejos de buena garganta en vez de 2 matones de espada simple, que hubiesen despedazado tu taberna en una riña –don Fernando disfrutaba con la acritud del tabernero–. Que después se acogen a sagrado al Pati dels Tarongers y si te he visto no recuerdo. –Deberías estar contento –añadió don Álvaro–. Indudablemente somos la gente mucho más pacíficas que vienen a tu taberna. Yo vendo lonas, si bien cada vez menos, y no llevo armas, y don Fernando se encuentra dentro de los caballeros de esta Localidad que desde las Campañas de Portugal no volvió a estirar espada. Lo jalona una vida sosegada sin meterse en ningún lío por la Localidad. O al menos esto comentan, ¿no? -ha dicho viendo jocoso el señor Ferran, que se había quedado observando la novedosa botella, llena de ese líquido opaco y espeso. –Eso comentan –respondió sombrío. Y el tono serio de su voz logró que, aún somnoliento, yo abriese un ojo. Todas y cada una las considerables viviendas guardan en la localidad algún misterio. ¿Quién no posee una hermana en algún convento lejano separada de amores poco recomendables? ¿O quién no ha mandado apuñalar en la obscuridad a algún apasionado de los jardines extraños? Pero el señor Ferran no era hombre de escalar conventos ni evitar a maridos cornudos. De ahí que su mirada vidriosa y perdida en las paredes de la botella me extrañó tanto que agudicé el oído. –Eso comentan –volvió a decir. –Bueno, don Fernando, yo jamás lo he visto desenvainar ¿No lo logró ni para adecentar el acero? Debe vuestra merced tener el papel roñosa –mi abuelo se encontraba bastante chispeado para advertir el cambio de humor de su amigo–. ¡Igual por el momento no sale de la funda! –y acompañaba sus comentarios con enormes carcajadas y golpes encima de la mesa. La taberna se encontraba totalmente sin luz. Solo la lámpara de aceite de nuestra mesa proyectaba sus luces sobre la cara del señor Ferran, volviéndola mucho más afilada. La edad pareció vencer una guerra sobre su rostro en un momento: sombras y arrugas fueron en tropel a entristecer el ademán del Veinticuatro. El Tuerto roncaba desde su cama, y ​​parecía un oso de los que comentan que hubo donde doña Ana. Mi abuelo, don Álvaro Henríquez y Santolalla, examinaba desde el sopor de la bebida los ojos de su amigo don Fernando Núñez de Medina, Caballero Veinticuatro de la Localidad, Conde de Torcina. –Solo fue una vez. Solo una vez puse mi vida en juego por esa localidad. Y no estuvo en Portugal –repitió–. No tuve mucho más antídoto. –Una aceptable causa sería. Venga otro trago, que le veo distraído. Además de esto, debía estar hace bastante tiempo, por el hecho de que ni su merced ni yo ahora contamos edad por riñas por temas de faldas ni de honores. La sonrisa ahora se había eliminado de la boca del Veinticuatro, y el gorgoteo del licor al caer sobre los vasos sonaba espeso, viejo, cargado de obscuridad, como un río viejo que llevaba en sus aguas recuerdos que el tiempo había hecho espeso barro. Como los muebles y trastos viejos que del fondo del Guadalquivir sacan los médanos, del viejo río de la memoria salieron oxidadas sus expresiones: –No tenía mucho más antídoto, don Álvaro. Fue el año de la peste bubónica. Y eran días en los que no cabían juegos ni componendas. Son cosas que se hacen por el hecho de que es requisito hacerlas. No estoy orgulloso, y bien lo sabe Dios, a quien he rogado a lo largo de años a fin de que me perdone. Y sabe vuestra merced que no soy hombre muy piadoso. Jamás lo he contado, y el día de hoy, vivos, quedan varios que lo sepan. Quizás ninguna. El día de hoy ahora da igual nada. El tiempo pasó rapidísimo, y la Localidad ha olvidado algo que jamás supo, pero cuyo recuerdo me ha perseguido todos y cada uno de los días de mi vida. –En el silencio de la taberna hacía enclenque la llama, realizando bailar a su alrededor pequeñas chispas de aceite. Mi abuelo miró al Veinticuatro, que prosiguió–. Ocurrió los meses de junio y julio de 1649, el año de la peste. –Disponemos tiempo, don Fernando –asintió mi abuelo, contagiado de la responsabilidad de su acompañante, y, mirándose la barba blanca, viró la cabeza de forma lenta hacia mí, dándome el tiempo justo para cerrar los ojos y aparentar un profundo sueño que me abría las puertas a un relato que es lo que aquí les refiero. CAPÍTULO I Viernes, 28 de mayo de 1649 Cipriano de Utrera, fraile del Convento de San Agustín desde hacía solo unos meses, debía haber visto cerca su final. Y no era por la peste que arrasaba la Localidad desde hacía semanas, que dejaba cientos y cientos de fallecidos todos y cada uno de los días que debían sepultarse en enormes fosas recurrentes, que la multitud habían llamado carneros. No era de ahí que pues la peste todavía no había penetrado en el convento. Manidad y maniatado, lloroso, lo que contemplaba era mayor a sus fuerzas. El estruendos fue ensordecedor, resonando a las vueltas como un gemido inhumano, de un mal inconsolable, de un lamento eterno. Obscurecía con luna llena, y como la hora era tardía, en el templo se mezclaban los reflejos plateados con tibia luz de los 4 enormes cirios que habían encendido al lado del altar los tres embozados. Cipriano, en un rincón de la nave derecha, tumbado boca abajo en el suelo, rezaba con enorme ansiedad. Lo habían abordado en la puerta de la Sacristía. Se le había llegado tarde mirando los libros de asientos sobre ciertos pagos completados para ordenar la procesión excepcional que tendría rincón el día 2 de julio. La Localidad, como en otras ocasiones de enorme necesidad, asistía al Santurrón Cristo de San Agustín, su Asilo y Asegurador, a fin de que la entregase de la peste. A Él se había contagiado y no se charlaba de otra cosa. Cipriano cerraría la puerta que daba a la calle, que alguien había dejado abierta en una distracción, y, en el momento en que deseó percatarse, un hombre con la cara tapada le conminaba con una daga en el estómago mientras que otro le cortaba una fuga irrealizable. Lo hicieron ingresar de vuelta en la Sacristía y al instante se incorporó un tercero, asimismo embolsado, que cerró la puerta tras él. –Esté relajado, que eso no va con usted. –No poseemos dinero. Ayer llevamos todo cuanto había en la bolsa en Palau. Los centros de salud precisan sábanas, jergones y ropas novedosas cada día –confesaba inquieto el pobre monje. –No tenemos ganas dinero. Le repito que esto no va con usted. Solo le solicito que nos deje realizar y no le va a pasar nada, ni en su bolsa –respondía muy relajado lo que parecía regentar a los otros 2. Era un hombre prominente, pero el atasco negro y el sombrero del mismo color solo dejaban ver unos ojos castaños sin mucha expresividad. –¡Enserio que no tengo nada, lo ofrecemos todo para cuidar de los apestados! Lo que se ha recogido el día de hoy está aquí, ¡miren! -ha dicho volviéndose a una bolsa vieja y incolora que colgaba de una pared de la sacristía. Cipriano se encontraba poco a poco más inquieto. Al no conseguir contestación, se sentó en una silla y lloró manteniendo la cabeza con las manos–. ¿Qué desean? ¡No me maten, por favor! Por favor! –¿Está abierta la puerta que da a la Iglesia? -respondió el embolsado desentendiéndose de la angustia del fraile. Cipriano lloraba con tanta amargura que no escuchaba las expresiones que el embolsado prominente le dirigía. No tenía contrincantes, o al menos no los conocía. Hacía poco tiempo que se encontraba en el convento. Era un hombre bueno, de una familia piadosa de Utrera, que asistía a todos y cada uno de los menesterosos que llegaban a la puerta. El Cardenal Agustín Espínola, al que debía su cómoda situación en un convento relajado, fuera de la muralla y lejano del centro de la Localidad y del ajetreo de sus calles, había fallecido en el mes de febrero. ¿Quién era él? Absolutamente nadie esencial. Y a su familia no le había dado tiempo a caer en desgracia en oposición al nuevo Cardenal, en tanto que aún no había sido designado. No era Arcediano de Jerez ni ningún otro cargo de renombre. Era un fácil fraile sin más ni más metas que ser útil a un convento, y no de los mucho más ricos. ¿Por qué razón? ¿Por qué razón a él?, pensaba sin orden alguno. –Cipriano, no me enfade. Llévenos hasta la Iglesia –repitió el hombre prominente, con un acento que indicaba cierto cansancio de los gimoteos del monje. El pobre hombre, levantó la mirada y, se secó las lágrimas con las mangas del hábito de buen harapo que vestía. –¿La iglesia?, ¿la iglesia? Ah… sí… La puerta. –Se levantó tembloroso, tentándose la ropa, y sacando del bolsillo un manojo de llaves gigantes encaramadas en un aro de hierro ahora oxidado. El tintineo producido por las claves llenaba el silencio de la helada Sacristía, volviendo alguna conciencia de la situación al atribulado Cipriano. Con paso errático y inquieto, el monje atravesó la estancia y se ingresó por un pasillo ajustado y de techos bajos, con las paredes adornadas de retratos de clérigos que seguramente eran ahora polvo. Detrás salieron los tres hombres. Ámbas vueltas de la llave en la cerradura sonaron tronantes en la iglesia vacía, y a ese estrépito prosiguió el de la puerta al abrirse. La poca claridad que había entraba por las vidrieras altas de la nave central, que no formaban mucho más que una fuente de difusa luz nocturna, blanca y espectral. La puerta por donde habían penetrado daba a un ensanche ubicado tras el altar mayor, accediéndose al atrio por 2 corredores laterales. –En este momento, Cipriano, lo lamento, pero les ataremos y taparos la boca. Vamos a hacer nuestro trabajo tan veloz que ni se va a dar cuenta. Y de este modo sucede el susto antes. Bajo la cubierta, uno sacó una talega grande y pesada, y que parecía llena de herramientas. Con habilidad tomó una cuerda, con la que anudó al agustín a conciencia, empujándole hasta una nave del costado. Una vez allí, y sin decir una palabra, le logró una señal a fin de que se tumbase en el suelo boca abajo. Volvió a la talega y extrajo un trozo de arpillera con el que amordazó al sacerdote, que sudaba pese a la noche tan fría que hacía. Al instante parecía descuidarse. Encendieron los 4 cirios que estaban ubicados en el altar mayor. Los tres hombres de negro levantaron la mirada y contemplaron la reverenciada imagen del Beato Cristo de San Agustín. La desaparición del Redentor debió ser así como se reflejaba en la cara. Si grande fue el mal de las traiciones, si las magulladuras hirieron la cara, si la sangre se secó a borbotones por el pelo, si los clavos atravesaron su cuerpo sin piedad, su cara no lo reflejaba, puesto que parecía reposar plácidamente. Los movimientos no indicaban ningún padecimiento. Las señales de su cuerpo no parecían evitar la excelencia del reposo eterno. Era Dios dormido, la cabeza orlada por un solo dorado y una corona de espinas. La extendida cabellera negra caía por el hombro derecho, donde descansaba la mala cabeza de la imagen. Del lado en que la historia de historia legendaria piadosa afirmaba que en ocasiones descansaba su brazo izquierdo, no caía el agua que prodigiosamente mandó de la herida sino más bien sangre vertida por nosotros. Y tanta gente y a lo largo de muchos años habían rogado a sus pies y detenido candelas de oración que la imagen ahora comenzaba a oscurecerse. Tenía un sudario de rica seda blanca, ribeteado, que le llegaba hasta las rodillas, y que contrastaba con el color negruzco de la encarnadura. De la talega sacaron con pretendida los embozados tres enormes tenazas y una sierra. Cipriano entendió de súbito. Su pulso se aceleró desbocado y comenzó a gruñir bajo la arpillera, que mitigaba sus inútiles intentos de soliciar auxilio. Entre los hombres trajo una enorme escalera que descansaba a una nave. La extendió sobre un del costado y comenzó a subirse. Lo que dirigía la operación se encontraba a los pies de la imagen, aflojando con bastante esfuerzo los pernos que sostenían la cruz de la imagen en el retablo. Primero un lado de la cruz y después el otro, se deshicieron de todas y cada una de las sujeciones en un silencio total, solo roto por algún crujir de la madera del retablo y los gemidos de los pasadores. En el momento en que la imagen clavada en la cruz ahora se encontraba libre de todos y cada uno de los remaches, los tres hombres se dirigieron a sus pies, y cogiendo la cruz cada uno de ellos a una altura, fueron estirándola. El estruendos fue ensordecedor: el agudo chirrido de los pasadores de hierro deslizante por sus asideros llenó la iglesia y también logró plañir al pobre fraile, que tan atormentado afirmaba que se halló suplicando asistencia al duque de Arcos y todos y cada uno de los Ponce de León que hubiese sepultados en la capilla mayor. Con bastante precaución depositaron la imagen con la cruz sobre un colosal cuadro que habían preparado sobre el suelo, y que había salido asimismo de la talega, que en este momento rodeaba esmeradamente la cabeza de Cristo. De a poco fueron envolviendo la imagen con consecutivas vueltas de la lona. Lo aseguraron con ciertas cuerdas y, entre 2, lo levantaron. –Vamos –ha dicho el prominente viendo tras el atasco–. Esté relajado, que no le va a pasar nada. Ni a ti tampoco. –Y se fueron tras el mayor altar maniobrando de forma cuidadosa para no pegar la imagen. Cipriano pasó la noche llorando y rezando todo cuanto sabía. A las seis de la mañana del día después le hallaron dormido en el suelo. Múltiples monjes agustinos, extrañados de no localizar la iglesia abierta para maitines, informaron al Prior. No se percataron de nada, preocupados como estaban en despertar y ofrecer los primeros cuidados al hermano Cipriano, pero su mirada, perdida en el vacío del retablo, descubrió la causa de sus lágrimas. El Beato Cristo de San Agustín había desaparecido y el 2 de julio debía salir por las calles de la Localidad para librarla de la peste.

Leerla en familia

La Biblia no es un compendio de cuentos infantiles, ni sus individuos son superhéroes. Sino cuenta historias de personas y sitios específicos que tuvieron una relación con Dios.

Todos y cada uno de los pasajes bíblicos nos aproximan a la historia del trato de Dios con los hombres, conque es requisito que los pequeños comprendan que de su lectura tienen que obtener una lección de vida. La Biblia, como es Palabra de Dios, nos charla.

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